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Caballo de Troya

Artículo publicado en un libro colectivo con fin solidario para la editorial Olelibros.


Habían pasado diez largos años. La llanura que se extendía a los pies de la ciudad estaba cubierta de restos de maderos, cordajes, astiles de lanzas y cascos tan desprovistos de sus penachos como faltos de los colmillos de jabalí que les daban consistencia. El sol caía a plomo sobre la arena. La sangre en forma de coágulos resecos salpicaba el escenario funesto que, poblado de héroes antaño, había servido de marco para que hombres arribados a estas playas desde el otro lado del mar pusieran a prueba su valor, su fuerza y, sobre todo, su ambición.


         Han muerto muchos aqueos, han muerto muchos troyanos. Ya no está Aquiles, el bravo príncipe de los mirmidones, y Héctor, el amado hijo de Priamo, ha caído bajo su lanza. Y los troyanos han visto desde lo alto de las murallas cómo el cuerpo de su hermoso príncipe Héctor ha sido mancillado y arrastrado alrededor de la ciudad por un enloquecido Aquiles, que azuzaba sin tregua a sus caballos divinos desde la plataforma de su carro.


        Pero no hay un desenlace claro: el asedio está estancado, la contienda sigue y Troya demuestra, una vez más, que sus altas murallas son inexpugnables. Estos esforzados guerreros han venido hasta aquí siguiendo a los reyes y príncipes de sus ciudades en virtud, según dicen, de un pacto y por el honor de un hombre al que le han robado la esposa, pero todos saben cuál es la verdadera razón. Y esa razón no es otra que el botín, el saqueo de un enclave estratégico para el comercio, y el dominio de las rutas marítimas que Troya, desde su posición, controla por su acceso al Egeo y al mar de Mármara a través de un codiciado estrecho. Las mil naves zarparon del otro lado del mar vinoso con miles de hombres en sus cubiertas seguros de una victoria fácil que los dioses no quieren otorgarles.


      No pueden resistir mucho más, pero no deben regresar vencidos y sin botín –ni tampoco sin hermosas esclavas– a su reino. Ansían la riqueza de Príamo, ahora débil, hundido en la pena por la pérdida de muchos de sus hijos bajo las hachas y lanzas aqueas. Entre ellos, uno de los reyes es famoso por sus ardides: un hombre fuerte, astuto, que no se distingue en demasía por realizar grandes hazañas, pero consigue con dobleces y engaños ganar prestigio entre unas tropas ya exhaustas y deseosas del retorno a la patria de una u otra forma.


        A la luz de las hogueras se cuentan viejas historias, se bebe vino ─el poco que queda─ producto de razias por los poblados de afuera de las murallas, y se sueña con una victoria que no llega nunca. Necesitan hacer un esfuerzo final y, enrabietados, hablan y discuten sobre qué hacer y cuándo. Narran historias de batallas mucho más antiguas, con sus ojos atentos a descubrir algún detalle que los conduzca a idear un nuevo y definitivo ataque.


     Cuentan que en el Oriente más próximo utilizan desde hace mucho tiempo un artilugio extraño y Odiseo habla de reproducirlo para derribar las murallas de la ciudad. Discuten entre ellos sobre su tamaño, su forma y la madera para construirlo. Ha de ser muy alto porque esas murallas lo son, además de tener un enorme grosor porque están construidas para resistir los embates del enemigo contra ellas. Odiseo dibuja en la arena de la playa su forma: un gran ariete colgado de la viga de una carcasa de madera, cubierta de pellejos húmedos de animales y montado sobre cuatro patas, que será arrastrado por rodillos hasta las murallas para golpear en las hileras de piedras superiores y no en la base de tierra. Los hombres irán dentro empujando con fuerza y armados hasta los dientes. Un gran caballo de madera derribará los muros de la inexpugnable Troya, algo sencillo que ya se había utilizado en viejos asedios. La escena final de una larga guerra.


     Pero, una expedición de tal magnitud con más de mil barcos y cincuenta mil hombres implicados, ¿iba a resolverse con golpes de ariete en la muralla? Habían acampado durante casi diez años entre pantanos sufriendo carencias, plagas y enfermedades que enviaron al Hades a muchos aqueos deseosos de morir con honor enfrentando a su enemigo, y el desenlace debía ser épico: tenían que humillar a los troyanos y arrasar su orgullosa ciudad.


     Troya está dormida en la medianoche de un día de mayo, bajo una hermosa luna llena después de haber festejado toda la jornada. Los orgullosos guerreros de altos penachos y pesadas armaduras hasta las pantorrillas se han ido. No hay naves a la vista, partieron de noche dejando los despojos de su campamento sobre la arena. Se percibe una calma tensa y, aunque la población no se fía de ese silencio, un incesante goteo de curiosos baja a la playa sorprendidos por un enorme caballo de madera anclado en la arena húmeda. Una ofrenda, dicen los sacerdotes, a la diosa Atenea, dejada por los guerreros que le imploran un retorno seguro al hogar. Alguien opina que es un engaño, que no puede ser tan fácil, que ellos no vinieron por la bella Helena, quien, aunque hermosa, a fin de cuentas es solo una mujer. Vinieron por las riquezas y por esclavos, y no hay que confiar de los regalos del enemigo, que puede ocultar otra intención y atacar cuando no se le espera. Pero no hay nadie, solo el inmenso caballo bañado por las olas que rompen en la orilla, envuelto en el rumor del mar. Sinón es el aqueo que se ha ofrecido a quedarse y fingirse traidor para convencer a los troyanos de la partida de sus compañeros, asegurándoles que han embarcado con hombres, botín, caballos y pertrechos. Han prendido fuego a las tiendas del campamento y han zarpado. Sinón es solo un desertor.


       Acercan el oído a la panza del animal y lo atraviesan con varias lanzas. No se escucha nada en su interior. No hay nadie dentro. Está vacío. Las muchachas siguen las ordenes de los sacerdotes y corren a la ribera del Escamandro, el río que se ha visto repleto de cadáveres jornadas atrás, a recoger flores para tejer largas guirnaldas que engalanarán al tosco caballo, confeccionado con tablones de madera de los pinos del cercano monte Ida. Le han puesto trozos de obsidiana por ojos y unas crines hechas con pelo natural que se mueve con el viento. Sus pezuñas brillan como el mármol pulido y su vientre está preñado con nueve guerreros de la élite aquea.


     La comitiva se pone en marcha hacia la puerta de la muralla cantando himnos y bailando alegres, saboreando una libertad nueva, recién alcanzada después de años acosados tras los muros troyanos. La puerta es pequeña para tamaña ofrenda y no dudan en derribar varias filas de sillares para forzar su entrada en la ciudad y que pueda encarar la subida hasta lo alto para ofrendarlo a Atenea. El pueblo está gozando de una noche de fiesta iluminada por una luna brillante que se refleja en el mar dejando su estela de plata vieja. Corre el vino y la carne de los sacrificios. Han sufrido demasiado y quieren alejar de su mente los cuerpos sangrantes y mutilados de sus más bravos hijos. ¡Qué engañosa es esa sensación de libertad!

     A pesar de que el júbilo no cesa ni un instante, Casandra grita y se mesa los cabellos esperando ser escuchada, anunciando su profecía: “¡Está maldito! ¡Lleva la muerte en su vientre!”. Algunos se le enfrentan, riendo: “¡Maldito sea Apolo, el dios flechador, que le escupió en la boca e hizo que nadie creyera jamás sus vaticinios!¡Está loca!”. Tampoco conceden credibilidad al anciano sacerdote Laocoonte asesinado junto a sus hijos, y tal vez no por una serpiente marina, sino por troyanos traidores a su patria.

       En la noche ebria de vino puro Troya duerme, pero la gran bestia despierta. Poco a poco su vientre se mueve, cae una cuerda y agarrados a ella brotan las figuras cargadas con las armas relucientes a la luz de las fogatas. El cruel Odiseo, maestro del embuste; Tesandro, hijo de Polinices; Esténelo de Argos; Acamante, hijo de Teseo; Toas de Etolia; Neoptólemo hijo de Aquiles; Macaón, el médico, hijo de Asclepio; Menelao, rey de Esparta, y Epeo, el guerrero, púgil vencedor y constructor de naves responsable de dar forma al engaño, son quienes, sin hablar, procuran caer al suelo con sigilo desde las tripas del caballo, decididos a abrir las puertas de la ciudad a los guerreros, quienes al abrigo de la noche han regresado surcando la corta distancia desde Ténedos a Troya. Sinón da la señal convenida y un hormiguero negro de bronce entra en la ciudad. Están dispuestos a saquear, matar a todo hombre y niño, violar a toda mujer o niña, dispuestos a esclavizar a toda una población y a prender fuego a todo lo que no se pueda cargar como botín.

       Arrasar Troya, quemar Troya, eliminar Troya. Se escuchan los gritos desgarradores de las mujeres, los llantos de los niños, los choques de las armas, el silbido de la espada que penetra las carnes de los que corren despavoridos, el zumbido de una jabalina en vuelo, maldiciones y lamentos unidos a los gritos de dolor, el crujir de las vigas de madera y el desplome de las paredes amortiguado por el sonido de un incendio fantasmal. Sobre las tiendas de tela agazapadas junto a la parte interior de la muralla, donde se cobijan los campesinos refugiados en la ciudad, caen las pavesas y se prenden nuevas hogueras y las estrechas calles de Troya se tornan regueros de sangre y fuego.

     La invencible Troya de altas murallas, saqueada y vencida por un engaño. Casandra clama a la diosa abrazada a su imagen, pero no la escucha, nada la salva de una brutal violación a manos de Áyax Locrio sobre el mismo altar de Atenea. Odiseo asesina al pequeño Astianacte, hijo de Héctor y Andrómaca, despeñándolo desde lo alto de las murallas, temeroso de que al crecer reclame venganza. Helena muestra sus hermosos pechos a Menelao y consigue vencer la ira del esposo. Ella es conocedora del ardid de Odiseo y apostó por un doble juego desde dentro de la ciudad para salvar su vida, engalanándose ante la inminente victoria aquea.

     En lugar de un ariete para derribar murallas, el asalto final se ha revestido con los ropajes del mito que conecta lugares, sucesos y protagonistas. El caballo, ya convertido en mito con su vientre abierto, permanece en la plaza altivo y triunfador mientras su quijada dibuja una mueca siniestra.

   Alguien en tiempos muy remotos contó una historia, la de una guerra perdida en las tinieblas del pasado, habló de unos héroes revestidos en bronce, de una ciudad inexpugnable y de la belleza de una mujer de níveos brazos. Hablaron de Aquiles, poderoso y rubio, solo ansioso por alcanzar la gloria imperecedera aun a costa de tener una muerte temprana; hablaron de Héctor, paradigma del defensor de su ciudad, buen hijo, esposo y padre; y hablaron de Odiseo, un rey de una pequeña isla sin apenas importancia, maestro en dobleces y engaños. Mas tarde se habló de un caballo.

     Tal vez fue el mismo Odiseo en su regreso aciago a Ítaca quien contó su ardid en los palacios dorados de Alcínoo, rey de los feacios, y habló de un caballo; o es posible que fueran las naves de altivas proas con cabezas de animales, que Homero menciona como caballos del mar, lo que dio pie al mito del caballo de Troya.

     Los aqueos jamás lograron cerrar el sitio de la ciudad ni pudieron aislarla de otras a su alrededor. Fracasaron una y otra vez al intentar asaltar sus murallas. Las batallas campales o combates singulares entre los héroes de ambos bandos tampoco se inclinaban a favor de unos o de otros. Evitando el enfrentamiento directo, optaron por llevar a cabo razias en las ciudades colindantes y así agotar recursos y vías de suministro. Troya estaba condenada y solo era cuestión de tiempo. Helena dio la excusa perfecta al fugarse con Paris para lanzar el ataque a este codiciado enclave. Sin embargo, los aqueos estaban más interesados en capturar otras mujeres jóvenes y bellas como esclavas que en restañar el honor de Menelao y recuperarle la esposa.

      Partieron abandonando las ruinas humeantes de Troya y se llevaron a sus heridos y difuntos; añadieron una multitud de cautivos troyanos y una larga hilera de carros cargados de botín que estibaron en sus naves. Luego, procederían al reparto, y los jefes, como siempre, escogerían primero, quedándose con las mujeres más hermosas y los objetos más preciados.

     Todos se embarcan en las panzudas naves e inician un regreso plagado de aventuras, vientos desfavorables y periplos interminables en el mar. Llevan su botín, pero muchos no llegarán a ver de nuevo sus reinos ni a sus esposas e hijos, y otros vagarán como Odiseo luchando contra cíclopes y sirenas quien, perdido en islas remotas, se olvidó de su origen y de sí mismo. El maestro en ardides tiene que vencer los obstáculos que le separan de su isla de Ítaca y al fin cuando llega a la patria, ha de ganar de nuevo su reino y su hogar desplegando toda su astucia. 

      Los héroes que nos glosan los cantos luchan según reglas bélicas arcaicas: su fuerza y su capacidad de matar es la norma de conducta en el combate. No se esconden, enfrentan la muerte de cara y con los ojos bien abiertos e, incluso, tal vez la treta del caballo de madera se les habría antojado poco honorable y la habrían despreciado por cobarde.

     ¿Era un ariete o un caballo? ¿Realidad o mito? Muy probablemente una máquina de asedio a la que los guerreros de la Edad del Bronce ponían nombres de animales. Puede ser una exageración de la tradición épica, pero sin duda es un acontecimiento único e inspirador, un ejemplo de las tácticas poco convencionales de la época, que contó con un desertor simulado en la persona de Sinón. En un gran despliegue, utilizaron señales lumínicas para informar del desarrollo de la guerra saltando veloces por las cimas de las montañas, infiltraron comandos en la ciudad para abrir las puertas, y se valieron de la táctica del engaño para que los defensores descuidasen la guardia. Un relato muy antiguo y a su vez muy moderno: Realidad y mito unidos en una ciudad antigua que, como tantas otras, estuvo sometida a un atroz asedio que solo pudo romperse para rendirla con la traición interna, lo que probablemente ocurrió en Troya.

     El caballo real o imaginado fue en ese momento un arma de asedio innovadora que llenaría la historia de sucesos bélicos similares y demostraría, una vez más, que no hay defensas ni armas contra la desafección, la traición  y la felonía.

 

 

 

 

 

 

 

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