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La luz del Barroco



Roma es la ciudad a la que siempre se vuelve, es la Ciudad Eterna que se alza una y otra vez sobre los vestigios de tiempos superpuestos. En cada rincón, en cada piedra, en cada plaza, late un mundo diferente.

     Me apasiona Roma de una forma casi obsesiva y la visito a menudo, últimamente de forma monográfica, bien disfrutando de la época republicana, del Imperio romano o de las otras muchas Romas; paleocristiana, medieval, renacentista, barroca, neoclásica o moderna. Todas ellas, unidas a sus incontables museos y galerías, hacen que siempre proyecte otra visita futura con renovada ilusión.

    Las calles romanas son como arterias y venas por las que discurre la memoria de su gran historia, poblada de personajes que llenan las páginas de nuestros libros y espolean la imaginación. Aquí todavía podemos escuchar, si nos lo proponemos, el eco de los gladiadores y oradores romanos en el Coliseo o en sus foros repletos de vestigios del pasado, que nos recuerdan que fue cuna de un poder dominador del mundo, perpetuado siglos después por un papado poderoso, llenándola de artistas que la convirtieron en la capital del arte. Si el Renacimiento la hizo brillar como nunca en sus frescos y esculturas, el Barroco la vistió de mármol en movimiento. En Roma cada iglesia, palacio, fuente o plaza, es una página de un libro que nunca acabamos de leer, donde cada movimiento artístico, dialoga con otro y se funde en un todo de exuberante belleza. Roma no es un lugar, Roma es una obra de arte viva que ilumina el mundo.

   Mi última visita la dediqué al Barroco — arquitectura, escultura, pintura─ pero sobre todo quise hacer una inmersión en unos artistas, entre otros muchos, que han dejado su impronta en la ciudad: Bernini, Borromini y Caravaggio. Roma ofrecía una exposición bajo el nombre de El Barroco Global que suscitó mi curiosidad. Tenía su sede en las salas de la Scuderie del Quirinale y resultó ser una experiencia única. La muestra propone entender la Roma del siglo XVII no solo como el centro del arte europeo, sino como un nodo de relaciones internacionales que mantenía contactos artísticos, diplomáticos, religiosos y comerciales con América, África, Asia y el mundo islámico. En una globalización distinta a la actual pero que implantó una red de intercambios culturales y materiales, que alcanzaron lugares remotos de la geografía. Roma se impregnaba en esos momentos de influencias externas y sus artistas producían obras que reflejaban esos contactos. Se puede observar en su iconografía, en los materiales empleados, los encargos diplomáticos, en retratos de embajadores extranjeros y objetos exóticos, en pinturas que muestran paisajes del nuevo mundo o en los retratos de nativos y mestizos de países lejanos, entre muchos más detalles.

    Me pareció apasionante y estuve mucho tiempo escrutando las salas de la exposición. Allí es donde entendí como nunca la representación de la fuente de los cuatro ríos de Bernini de la famosa Piazza Navona, personificados en figuras que aluden a ríos lejanos, lo que es prueba de esos contactos con otros continentes.  Como también lo son, el extraordinario busto policromado de un embajador del Congo─ que supone un encuentro inédito entre Roma y el África subsahariana—, y, otro ejemplo, el retrato del embajador persa y otros personajes extranjeros que aparecen ataviados con sus mejores galas. Todo un despliegue de tejidos, plumas, pieles, joyas y ornamentos, un código de vestimenta que consigue sorprender al espectador. Se exhiben en la muestra asimismo, obras de Bernini, Pietro Da Cortona, Lavinia Fontana y otros muchos artistas; ornamentos eclesiásticos de países lejanos confeccionados con plumas de aves; pinturas de vírgenes con rasgos japoneses; nativos rodeados de la flora y fauna de sus lugares de origen; todo en una fusión explosiva, que nos lleva considerar a esa Roma del Siglo XVII como una capital global, tanto desde el punto de vista diplomático, como de la expansión de las distintas órdenes religiosas y misioneras, que impregnaron de exotismo la iconografía barroca. Todo ello nos lleva a considerar que el barroco romano no es un fenómeno local europeo, sino que nos presenta un mundo mucho más interconectado de lo que pensamos. Es arte, diplomacia, religión y comercio entrelazados.

     Después de esta inmersión barroca mi objetivo fue centrarme en la obra arquitectónica de dos grandes genios, enfrentados entre sí, que coincidieron en medio del choque de sus destellos de genialidad.

     Gian Lorenzo Bernini llenó Roma de obras de una arquitectura teatral, grandiosa, concebida como espectáculo, que encontramos presente en la columnata de San Pedro, en su famoso baldaquino, en las fuentes de Roma y en tantas otras obras suyas tan admiradas. Era un hombre ambicioso y carismático favorecido por los papas, de un talento artístico inmenso, que usaba el espacio para crear un fuerte impacto emocional. Su genio escultórico nos sobrecoge en obras como David, o Apolo y Dafne de la Galería Borghese o el soberbio Éxtasis de Santa Teresa en Santa María de la Victoria. Bernini es el mármol que se siente como carne, y combina como ningún otra arquitectura, escultura y luz. Todo en sus obras es teatralidad y movimiento, Bernini interpreta el barroco como un grandioso espectáculo, a la vez religioso y urbano, que conmueve y emociona.

    Frente a él, Francesco Borronimi, reservado y de difícil carácter, se dedicó a la arquitectura en exclusividad, a la que dota de un halo de intelectualidad donde la esencia es la geometría. Nos presenta unas formas complejas en las que dominan los óvalos, las estrellas y los hexágonos y consigue con ello una belleza pura, austera, simbólica y compleja. Menos colorista que Bernini─ pero más audaz que él─ logra crear espacios intimistas jugando con la luz natural. San Carlo alle Quatre Fontane y Sant´Ivo alla Sapienza son dos joyas arquitectónicas de este gran maestro que vivió entre tensiones y rivalidades.

      La inmensa obra del gran Caravaggio puede admirarse en muchas iglesias romanas, pero esos días la muestra organizada en el Palazzo Barberini exhibía además piezas venidas de Milán, Nápoles, Turín y Vicenza, obras procedentes de colecciones públicas y privadas, que unidas a las obras romanas han posibilitado un encuentro con el arte del pintor realmente único. No solo como homenaje al genio del artista, sino que propicia la oportunidad de investigar la influencia que tuvo en su tiempo y en el arte contemporáneo.

     Michelangelo Merisi Caravaggio revolucionó la pintura romana, dotándola de un naturalismo radical. Sus modelos eran personajes comunes, con rasgos corrientes y en su pintura puede verse la sangre, la suciedad, la fealdad, y la belleza al mismo tiempo. Los sentimientos afloran a través de sus pinceles, y el manejo de los focos de luz impregna el lienzo de un dramatismo que potencia el claroscuro tenebrista: el juego de la luz sobre fondos oscuros.

    Caravaggio no trabajaba con bocetos, pintaba del natural, dirigiendo la luz sobre sus modelos, consiguiendo expresiones y gestos de una intensidad única. No hay más que admirar obras como La vocación de San Mateo en la iglesia romana de San Luis de los franceses, o su Judith decapitando a Holofernes del Palazzo Barberini o La conversión de San Pablo en Santa María del Popolo, para sentir ese naturalismo que estremece, pues presenta la escena en el momento más tenso de la acción. Polémico en su tiempo, tachado de irreverente y pendenciero, influyó en una generación de pintores que difundieron su estilo por Italia, España, Flandes y Francia.

    Sería muy extenso describir todas las emociones vividas en esta inmersión en el barroco romano, un movimiento que floreció bajo la fuerte influencia de la Iglesia católica en el contexto de la Contrarreforma. La Iglesia— empeñada en reforzar el papel del Papa y revitalizar la fe católica para frenar los movimientos protestantes— utilizó el arte como propaganda religiosa, buscando aleccionar y emocionar a los fieles. Los pontífices de este periodo fueron grandes mecenas volcados en las grandes construcciones, el urbanismo y las obras de arte, como medio para glorificar la fe. Fue una época en la que fe y política se encontraron con el arte, haciendo de Roma la ciudad triunfante del catolicismo. Por otra parte, la sociedad romana vivió un auge artístico que no solo propiciaba el clero: también las familias aristocráticas competían entre sí embelleciendo capillas y palacios, llenando sus muros de dinamismo y efectos ilusorios, asombrando al espectador con bellísimos trampantojos. Todo un contraste con el equilibrio y serenidad renacentistas, pero no por ello menos hermoso: un estilo que busca asombrar al mundo integrando pintura, arquitectura y escultura en un mismo concepto artístico.

   Sigo deseando volver a Roma, en un nuevo itinerario que me lleve a otros universos creativos. Será en mi próximo viaje.




















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