Talento sin dinero
- Maria Asuncion Vicente Valls
- 17 feb
- 4 Min. de lectura
Cuesta creer que el mismo científico que aisló el primer oncogén humano en 1982 y ahora ha logrado eliminar tumores de páncreas en modelos experimentales mediante una triple terapia innovadora sin ocasionar efectos secundarios, se vea obligado a volcarse en una campaña en redes sociales al objeto de solicitar mayor financiación con aportaciones ciudadanas para su proyecto de investigación.
El Dr. Barbacid se ha centrado en uno de los tipos de cáncer con mayor mortalidad, nada menos que un 95%, y a él ha dedicado su labor científica de forma callada y constante, imponiéndose al desaliento que imagino le debieron producir las incontables pruebas fallidas hasta alcanzar la evidencia y poder demostrarla, elaborar conclusiones y hacerlas públicas.
Las investigaciones sobre el cáncer son todo un hito, puesto que permiten, una vez leído el origen y evolución del tumor, predecir su futuro clínico, abriendo vías de investigación para poder anticipar tratamientos. Estos descubrimientos son las bases de la oncología moderna, pero parece que faltan medios, siempre difíciles de conseguir en este país donde se gastan con alegría auténticas fortunas en otras actividades, sin ir más lejos, en algunos programas de televisión.
La ciencia española siempre ha sufrido un reiterado maltrato económico. Algo que se explica difícilmente, puesto que hay mucho talento reconocido a nivel global; sin embargo, existen históricamente dificultades estructurales que frenan su desarrollo.
Tenemos investigadores bien formados, con experiencia adquirida en las mejores universidades españolas y extranjeras, con presencia sólida en biomedicina, física, matemáticas y otros muchos campos científicos y tecnológicos. El CSIC es uno de los mayores organismos públicos de investigación en Europa y nuestros científicos se integran perfectamente en proyectos de la Unión Europea. Pero la baja inversión en I+D trae como consecuencia menos proyectos financiados, laboratorios bien equipados, pero con necesidades de mejoras e instrumental puntero, lo que nos lleva a la dificultad de competir en el ámbito internacional. A esto se une la excesiva burocracia, los contratos temporales y los salarios poco competitivos para nuestros investigadores, que arrastran una inestabilidad laboral que provoca la fuga de cerebros. Nos encontramos ante generaciones de científicos muy bien preparados y una sociedad cada vez más concienciada de la importancia de invertir en la ciencia, como bien se pudo comprobar en la pandemia COVID-19.
La tierra que vio nacer las Etimologias de Isidoro de Sevilla, donde se explicaban todo tipo de conceptos y la obra más traducida durante el medievo, vio como al final del reino visigodo floreció Al-Andalus, con médicos, astrónomos y grandes botánicos. Fue aquí el lugar donde se tradujo el gran tratado farmacológico del siglo I, De Materia Medica de Dioscorides, y un rey cristiano, Alfonso X el Sabio, fue quien, entre otras contribuciones a múltiples saberes, impulsó la astronomía y la traducción de las obras de los antiguos helenos que habían pasado del oriente islámico a al-Ándalus, de forma que, en su versión latina, la lengua culta de la época, se pudieran incorporar a los reinos cristianos ibéricos. Hubo un tiempo oscuro en el que se quemaron miles y miles de libros en las plazas públicas de Granada tras su conquista; allí se quemaba la palabra escrita, que era tanto como quemar la cultura de un pueblo, y esta actitud trajo como consecuencia un retroceso en la ciencia.
Pero en los siglos XVI y XVII surge una revolución científica que comienza a poner los cimientos de una nueva forma de hacer ciencia. El Nuevo Mundo obligó a España al estudio de la física, biología, geografía y antropología, confirmándola como potencia mundial responsable de administrar un imperio transoceánico, impulsando la ciencia y la técnica. Felipe II envió una expedición a América en busca de plantas y remedios de los indígenas; en Sevilla, en la Casa de Contratación, florecieron los estudios náuticos que formaban a los pilotos para la llamada carrera de Indias, controlando las cartas náuticas y los instrumentos para la navegación. Sin embargo, esta revolución científica se mostró mucho más robusta en Europa, sobre todo en aquellos países que dejaban a sus investigadores trabajar sin tener en cuenta políticas religiosas. Aquí se llamaron novatores los que comenzaron a hacer un tipo de ciencia nueva, sobre todo en medicina, como Juan de Cabriada, poniendo en entredicho el uso abusivo de las sangrías, entre otras cosas. Hubo importantes físicos con grandes aportaciones a la náutica; nuestro Jorge Juan y Santacilia, integrante de la expedición hispanofrancesa a Quito, midió el arco de meridiano terrestre, demostrando que la tierra está achatada por los polos, investigaciones de las que tomó buena nota Isaac Newton para sus trabajos. O Celestino mutis, defensor de Copérnico y la expedición Balmis, la primera campaña de vacunación global, y tantos y tantos grandes personajes, hasta llegar a nuestros días con figuras de prestigio internacional.
Así pues, cabe preguntarse por qué escatimar fondos para la ciencia y nuestros investigadores. Sería muy larga la lista de científicos españoles, desgraciadamente poco conocidos en su mayoría, inexplicablemente, porque merecen mucho más que una calle, a veces desapercibido su nombre para los que la transitan. No podemos permitirnos en el mundo en que vivimos, sometido a todo tipo de tensiones, desastres naturales, fortuitos o por desidia y abandono, dejar de apoyar con todas nuestras fuerzas a los que se encargan de afrontarlos, cada cual en su especialidad; no podemos dejar que la ciencia y la investigación tengan que solicitar recursos de forma solidaria a la ciudadanía. Es el momento de volcarse en nuestra investigación y nuestros científicos.




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