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De capotes y muletas

Actualizado: hace 3 días


Apenas quedan unos días para que madruguemos ante el televisor, ansiosos por ver el primer encierro de los Sanfermines. Una fiesta de toros, presente en calles y en la plaza, que inaugura un sinfín de festejos en los pueblos de España con motivo de las fiestas del verano.


He recordado cómo nació mi afición a los toros, cuando con solo doce años solía acompañar a mi padre, gran aficionado, que me enseñó a observar lo que ocurría en la plaza como una expresión artística, alejada de un simple espectáculo. Al margen de los debates que se suscitan en torno a la fiesta de los toros, es significativo señalar que la afición crece, es más joven y mira al albero con criterio, deseando entender la razón de cada suerte y su porqué.


Vale la pena recordar que en los mitos del mundo Mediterráneo, el toro representa fuerza y fertilidad, así pues, vencerlo, era lograr una hazaña digna de héroes. Heracles en su séptimo trabajo capturó al toro de Creta, un animal salvaje que devastaba la isla. Teseo, antes de enfrentarse al Minotauro, ser mitad humano y mitad toro, capturó y venció al toro de Maratón, que aterrorizaba la comarca del Ática. Por otra parte, la escena principal del Mitraísmo, una religión mistérica practicada en los siglos que van del I al IV d.C. contemporánea con los primeros siglos del cristianismo en el imperio romano, se centra en la adoración de Mitra, divinidad de origen indoiranio que aparece sacrificando a un toro, en un acto de renovación y de generación de vida.


En los bestiarios medievales, aparece el toro como símbolo de fortaleza física y se le asocia al valor del guerrero. El Renacimiento recupera el toro como un símbolo mitológico poderoso y aparece en pinturas, esculturas, literatura y fiestas populares. De Cesar Borgia, hijo del Papa valenciano Alejandro VI, cuenta en sus crónicas el maestro pontificio de ceremonias Johann Burchard que, en el año 1500 con motivo de grandes celebraciones en Roma, participó en festejos taurinos, donde se enfrentó tanto a caballo como a pie a seis toros, en el estilo empleado por los caballeros hispanos. Un toro rojo luce incorporado al escudo de los Borgia como imagen de fuerza, poder, valentía y autoridad dinástica.


En el arte aumenta el interés por la figura del toro en escenas mitológicas y así lo podemos ver en la obra de Tiziano, donde se recrea el mito del rapto de Europa a lomos de un gran toro blanco, o en Veronés que convierte al animal en un símbolo de belleza clásica. Rubens, pinta asimismo varias versiones del rapto de Europa, plasmando toda la energía y el movimiento del barroco.

Miguel de Cervantes, menciona toros y festejos taurinos, que ponen de manifiesto la práctica tan arraigada entre el pueblo en tiempos del ingenioso hidalgo, Don Quijote. Aparecen representaciones de fiestas de toros con nobles a caballo vinculando estos espectáculos al poder, la autoridad, la nobleza, la pasión y el valor.


En nuestros tiempos Federico García Lorca, convirtió al toro en uno de los símbolos de su universo poético. Para el poeta es fuerza vital, muerte, destino y tragedia. En su poema al torero y amigo, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejias, escrito tras su muerte, los versos giran en torno a la cogida, la muerte, la sangre derramada y el alma ausente. Un poema en el que el toro es una fuerza de la naturaleza, belleza salvaje, misterio y sacrificio; deja de ser un animal para convertirse en una figura casi mística. En García Lorca, la tauromaquia se hace poesía. La pluma certera de Hemingway analizó como nadie el sentido estético y cultural del toreo; su obra Muerte en la tarde es una de las más influyentes de la tauromaquia y José Bergamín, ensayista, poeta y dramaturgo de la generación del 27 reflexionó profundamente sobre el significado cultural y estético del toreo, afirmando que no se trata de un simple espectáculo, sino que es una forma de arte y una expresión de nuestra cultura.

Creo, como el poeta, que el toreo es un arte efímero, quizás el más efímero, comparable a la música o la poesía. Es un arte momentáneo que se produce bajo unas circunstancias que convergen en ese instante y solo existe mientras se ejecuta, luego queda en la memoria, no puede repetirse exactamente igual, ni conservarse en un museo como lo hacemos con una pintura o una escultura. El toro siempre es el protagonista, la figura indispensable para la creación artística. No hay lidia sin un toro bravo, que es a su vez fuerza y misterio. Se traba un baile entre toro y torero, en el que se crea belleza enfrentándose a un peligro real. Unos instantes en los que suena una música callada, en palabras de José Bergamín, que une toreo, silencio y emoción estética.


El toro ha pasado de ser un animal sagrado y místico a presentarse como un símbolo complejo, es a la vez fuerza creadora, pasión, poder y muerte. Y también provoca un conflicto entre tradición y modernidad.


Todo eso que aprendí tiempo atrás, ha hecho que respetase siempre profundamente la tauromaquia, sobre todo a esos héroes del siglo XXI que parecen asimilarse a nuevos Heracles o Teseos. Respeto su profesión como una actividad artística, que está lejos de acabar tan solo con un animal. Valoran la vida, porque valoran la muerte, siempre envueltos en seda y oro, como en un hermoso sudario dorado, se enfrentan al difícil arte de domar con el engaño, solo con su inspiración. Una inspiración que trasforma los movimientos torpes de una tela rosada, en aleteos de mariposas prendidos en el capote, que consigue que una muleta rozando la arena, marque el camino de la fiera, convencida de que su momento cumbre es realizar con el torero esa obra única e irrepetible, que como un ritual sagrado se repite en tantos festejos y que mantengo con ilusión la esperanza de su continuidad por mucho tiempo.





   

  

 

 
 
 

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