Luz y penumbra
- Maria Asuncion Vicente Valls
- hace 2 días
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Un varón con el cuerpo cubierto por un tosco retazo de piel de oso, corre arropado por la penumbra que se vuelve cada vez más intensa. Escruta con ojos desorbitados el cielo, intentando captar la claridad que ilumina su entorno y ahora da paso a una oscuridad que envuelve el bosque con tenebrosas sensaciones. Corre hacia su cueva, frota con rapidez puntas de ramas, para que brote esa chispa vivificadora, que le permite obtener luz y calor. No puede comprenderlo, no sabe por qué se extingue la luz y surge la oscuridad.
Muchos milenios después dos pueblos vecinos cerca del rio Halis, entre la cordillera armenia y Cilicia, se enfrentan en una cruenta guerra que dura ya cinco años. El día está claro y luminoso, los guerreros amanecen poniendo a punto sus armas, cuando de pronto, el cielo cambia de color y una sombra oscura se recorta sobre la superficie del sol y consigue tapar su luz. El terror se apodera de los hombres de uno y otro bando, lidios y medos creen que es una clara señal de los dioses enfurecidos. Los mandos deciden parlamentar y conjurar el miedo, dando paso a la paz. No lejos de allí un hombre envuelto en una sencilla túnica parda, con cabellos y barba encanecida sonríe. Es un filósofo que viene de Mileto, en la costa, conoce los secretos del mundo y la antigua sabiduría de los sabios caldeos y asirios. Sabe que se trata de un fenómeno natural al que no hay que temer, la luz regresará de nuevo, iluminando este veintiocho de mayo de 585 a. C.
Alejandro de Macedonia es el joven rey al que adora su ejército. En poco tiempo ha saltado de las tierras de Macedonia en el norte de Grecia a Asia, tras la conquista del imperio persa. Nunca los macedonios un pueblo de pastores, soñaron con llegar tan lejos. Ya han vencido a los persas, buscando venganza a la invasión de Jerjes y a la destrucción que dejó tras de sí. Gránico e Issos los han cubierto de gloria, pero hoy se libra una batalla que será la definitiva. Frente a un ejército muy superior, en la extensa llanura de Gaugamela, Alejandro va a jugárselo todo y no puede perder. El uno de octubre del 331a.C. los macedonios están inquietos; esos días previos a la batalla una temible luna negra ha cubierto la llanura, es un mal presagio y el miedo se filtra entre las tiendas del campamento. Alejandro también ora a Phobos y Deimos, dioses del miedo y el pánico, acompañantes de Ares en las batallas, pero sabe que la luna es la causa del prodigio, serán sus adivinos quienes interpretarán la señal y darán la respuesta que necesita para arengar a sus hombres y convertir el miedo en valor. No es un mal augurio, es la predicción del triunfo sobre los persas. Sabe bien que el conocimiento es poder.
Frente a las costas del Peloponeso, cerca de la isla de Antikitera, una nave está siendo arrastrada hacia los escollos. El cielo se desploma sobre un mar embravecido donde se confunden sus aguas con las cortinas de lluvia que lanzan ráfagas sobre la cubierta. Es una embarcación grande, bien pertrechada, que transporta mercancías y obras de arte en mármol y bronce a la gran urbe romana para embellecer edificios públicos y privados. Las embestidas son tan fuertes, que nada puede evitar el naufragio, la nave se hunde, los que sobreviven se agarran a los maderos y el fondo marino se puebla de dioses y héroes que dormirán un sueño azul durante siglos.
El grupo de niños se arremolina entorno a una de las vitrinas de un museo de Atenas. Su maestra pide que concentren su atención sobre el objeto que se exhibe. Una pieza de bronce y varios fragmentos de un artefacto encontrado por pescadores de esponjas frente a la isla de Antikitera. Se sientan en el suelo mientras ella explica cómo ese trozo casi deforme, corroído por el agua marina podía predecir los eclipses hace más de veinte siglos. El mecanismo estaba diseñado para predecir posiciones de los astros, fechas de certámenes griegos antiguos y juegos panhelénicos, y sobre todo los eclipses con una notable exactitud. Sus caras expresan sorpresa y un interés que se va haciendo mayor conforme observan, que esa antigua computadora analógica tiene engranajes con inscripciones. Una de ellas, dieciséis inscripciones relacionadas con el ciclo de Saros, el ciclo de repetición de las posiciones de los astros para que se formen eclipses lunares y solares en una secuencia de dieciocho años, once días y ocho horas. Los niños sonríen, no imaginan que el mundo antiguo gozara de esos artilugios de tecnología compleja y se acercan más a la vitrina intentando ver los dibujos de glifos que indican si es un eclipse solar o lunar, y marcan además del día, el mes y la hora. Acosan a su maestra con un torrente de preguntas que apenas puede responder. No se han encontrado más artilugios, han tardado mucho tiempo en descifrar el mecanismo, es posible que las naves antiguas que surcaban el mediterráneo, llevaran cajas de madera con una manivela que hacía girar múltiples discos de bronce en su interior, puede incluso que se encuentren más, prueba de una tecnología desaparecida. La clase termina cuando grupos de visitantes piden su turno para admirar el mecanismo de Antikitera y los niños siguen su camino, en tanto su imaginación comienza a recrear imágenes de naves y artilugios, de naufragios y aventuras, mientras muy lejos de allí, un eclipse se va a producir en pocas horas, ante la expectación de medio mundo en los lugares donde se hará visible.
Ese mecanismo de bronce resulta obsoleto ahora, nadie teme a un eclipse, ni a malos augurios. Es solo un fenómeno natural que no deja de sorprendernos. Su conocimiento y predicción fueron un instrumento de poder siglos atrás; sería bueno que ahora lo recordáramos.
En tiempos de incertidumbre nos visita un ladrón de luz, extendiendo su manto de oscuridad. Podríamos al igual que medos y lidios, recordar ahora ese veinticinco de marzo del 585 a.C. y en un mundo herido por las guerras, pactar la paz, un doce de agosto de 2026.




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