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Todo es grande, todo es pequeño



Sentimos una curiosidad innata por conocer lo que no podemos alcanzar a simple vista, tanto lo que está muy lejano y es inmensamente grande, como el mundo de lo pequeño, que nuestros ojos no pueden penetrar. Ambos espacios lo macroscópico y lo microscópico solo podemos intuirlos; para estudiarlo y conocerlo, necesitamos valernos de instrumentos científicos.


Estos instrumentos nos rodean en todos los ámbitos de nuestra vida y responden a todas las necesidades. Mientras tanto, continúan avanzando nuevas tecnologías que nos sorprenden a diario, acercándonos cada vez más a esos mundos grandes y pequeños tan impenetrables.


La ciencia ha realizado conquistas que hasta no hace demasiado tiempo eran impensables, pero costó siglos desarrollar instrumentos científicos que nos permitieran entender nuestro mundo y ver más allá de nuestras limitaciones físicas.


Un lugar idóneo para admirar estos instrumentos pioneros, es el Museo Galileo Galilei de Florencia. En él se puede disfrutar de una tranquilidad que se agradece en una ciudad abarrotada por el turismo, y allí se exponen una amplísima muestra de instrumentos que nos sorprenden, no solo por el fin al que eran destinados, también lo hacen por su perfección y gusto artístico. Realizados en los mejores materiales, poseen la belleza fría y evocadora de un tiempo en el que un telescopio, un barómetro o un microscopio cumplía su función, además de ser un objeto casi ornamental.


Instrumentos que tuvieron en sus manos Galileo, Torricelli, Danti, Santucci o Viviani. Todos ellos científicos, acogidos al mecenazgo de los últimos Medici en los siglos XVII y XVIII en un momento que el Gran Ducado de Toscana, a la par que mermaba su influencia política y estratégica, crecía y brillaba como nunca en el desarrollo de la ciencia experimental, floreciendo la física, la química, la botánica, la náutica, la mineralogía, la astronomía, la medicina, la fisiología o las matemáticas.


Hoy podemos pasear nuestra mirada por antiguos orologios. astrolabios o reglas de cálculo; cuadrantes y relojes nocturnos, cartas de navegar, instrumentos náuticos, esferas armilares y esferas celestes, brújulas, distanciómetros, compases y otros instrumentos de uso topográfico y militar, admirar los cannocchiale, telescopios que pertenecieron a Galileo con las lentes para sus observaciones astronómicas, así como instrumentos ideados para determinar la posición de los satélites de Jupiter, junto a un primer modelo de reloj de péndulo. Maravilla al visitante la máquina calculadora dotada de un sistema mecánico, así como los termómetros en espiral de finísimo vidrio y los barómetros e higrómetros cuajados de primorosas decoraciones. Todo ello, nos trasporta a una época en que la ciencia comenzó a caminar por la senda de la experimentación y se alejó de postulados dogmáticos.


Instrumentos del mundo macroscópico, dirigidos al estudio del cielo, los planetas, satélites, cometas o eclipses. Telescopios que descubrieron galaxias y acercaron hasta nosotros el sol y la luna, sembrando la duda de lo que podría existir mucho más allá. De igual forma, podemos imaginar lo que sintieron los primeros investigadores que se asomaron al tubo de un antiguo microscopio de cartón y madera. Descubrieron un mundo tan inmenso en su pequeñez y tan lejano a su vez, que casi resulta similar explorar el universo inmensamente grande, como penetrar en los misterios de lo infinitamente pequeño. De igual forma que se descubrían nuevos cuerpos celestes, se comprobaba que nada era tan grande como parecía, sino que estaba compuesto por entidades muchísimo más pequeñas que había que investigar.


Otra sección del museo está dedicada a los modelos en cera, anatómicos y obstétricos de gran realismo, realizados con una minuciosidad que sorprende, aún ahora, por la exactitud de las reproducciones fisiológicas. De igual modo, los materiales botánicos destinados a la enseñanza y clasificación de especies se presentan en modelos de cera, donde las distintas partes de las plantas aparecen llenas de vida, delicadamente modeladas y coloreadas para una perfecta comprensión del alumnado, representando todo aquello que eran capaces de ver a través de antiguos microscopios con un solo ocular tras la búsqueda de lo pequeño. A muchos años de las impresoras modernas en tres dimensiones, estos modelos perfectos nos hablan de la experimentación y la curiosidad científica, en un lugar y un tiempo que cambió el modo de hacer ciencia para siempre.


Florencia, no solo es arte, es ciencia. Vale la pena detenerse en estas salas, contemplar cómo hemos sido capaces de conquistar el mundo macroscópico y el microscópico con el convencimiento de que aún no hemos llegado al final. Un paseo por la ciencia, que personalmente, aconsejaría a todos los jóvenes que visitan la ciudad en sus viajes de estudios. Aquí se unen arte y ciencia, en un espacio común, poniendo de manifiesto una vez más, que todos los saberes se complementan. En Florencia saltamos con facilidad de la belleza marmórea del David de Miguel Ángel, a la grandiosidad de la esfera armilar gigantesca de Antonio Santucci; del barómetro experimental de Doménico Tamburini, al Perseo de Benvenuto Cellini; del higrómetro de Vincenzo Viviani, a los frescos de Filippino Lippi; de los modelos en cera del obstetra Guiseppe Ferrini, a la naturaleza muerta con dorados cidros de Bartolomeo Bimbi. Es el milagro de una ciudad única.

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