Los sonidos del fuego
- Maria Asuncion Vicente Valls
- hace 7 días
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Actualizado: hace 3 días
El mundo se va cubriendo de fuego. Puede ser que sean las lágrimas ardientes de nuestro sol incandescente, lo que ahora se derrama sobre nosotros desde la estrella que nos permite la vida en este rincón minúsculo del universo.
El fuego nos ilumina, nos calienta, nos da vida, nos permite cocinar nuestros alimentos, nos lleva a explorar nuestro cielo y también nos sume en la tragedia. Pero el fuego también nos habla. Basta solo con escuchar.
Cuando empieza apenas es un ligero carraspeo, como si frotáramos madera seca ─no olvidemos cómo surgió de las manos de nuestros remotos ancestros─ luego llegan los chasquidos, unos sonidos algo lejanos y olvidados. Cuando la llama empieza a crecer cambia su voz, como si de un varón adolescente se tratara, coge aire y rápidamente se convierte en el murmullo incesante de un lejano mar que rugiera encondido entre sus llamas; el crepitar es como una respiración acelerada y las explosiones de resina se convierten en sobresaltos. Las ramas arden y gimen como viejos huesos que tardan en quebrarse y acaban lanzando al aire chispas alegres que saltan antes de extinguirse.
A la luz de sus llamas se han contado historias que cada individuo ha hecho suyas y ha trasmitido, evitando su perdida y logrando que pervivan en el tiempo, pasando de generación en generación. El fuego de una hoguera siempre invita a escuchar en silencio y a valorar el silencio.
El fuego es uno de los símbolos universales de la humanidad. En todas las grandes religiones ha representado vida y destrucción, pero también conocimiento, purificación y presencia divina. Muchas culturas mantenían un fuego que nunca debía apagarse─ como en la antigua Roma, ─donde las Vestales cuidaban el fuego de la diosa Vesta, el fuego protector del hogar y la ciudad.
El mismo Dios aparece bajo la apariencia de una zarza ardiente para hablarle a Moises y es una columna de fuego, la que guía al pueblo de Israel durante la noche, mientras en su templo siempre se mantiene un fuego activo como presencia divina. En la antigüedad, se arrojaban las ofrendas al fuego para que llegaran al mundo divino, elevando altísimas columnas de humo a los cielos y en las ceremonias religiosas, se realizaban grandes hecatombes para agradar a los dioses. En el zoroastrismo el fuego es el elemento fundamental, un símbolo visible de la presencia divina, la verdad y la pureza. Nuestro Espíritu Santo, desciende en forma de lenguas de fuego sobre los Apóstoles para darles sabiduría y la luz de Cristo, se hace presente en las velas que iluminan nuestros altares. Pero también el fuego eterno es uno de los castigos del infierno y no debemos olvidarlo.
Todas las religiones y creencias con sus diferencias consideran el fuego como un símbolo de transformación, capaz de convertir la materia en cenizas, la oscuridad en luz, lo impuro en puro. Es una fuerza transformadora que crea y destruye a la vez.
En estos días no podemos sino pensar en su enorme fuerza destructora. Son jornadas trágicas las que vivimos, aquí y en otras zonas de nuestro planeta ─solo hay que observar los mapas interactivos que día a día nos ponen a nuestro alcance los medios ─para comprobar que la dimensión de la tragedia se expande año tras año como una maldición. El sonido de estos fuegos es destructivo, no hay belleza alguna. Aparece como una oleada de llamas enloquecidas entonando una sinfonía infernal, que no se para ante nada y que, como si se tratara de la hidra de Lerna, asoma una cabeza nueva, cada vez que se le cercena otra. No permite que disfrutemos del silencio mirando el fuego, porque la impotencia y el miedo nos atenaza. El mundo que nos rodea está en llamas y nos sentimos incapaces de frenar su poder de destrucción, porque nos abruman sus dimensiones y su virulencia.
Deberíamos aprender de nuevo a respetar nuestro entorno y ser capaces de convivir con la naturaleza de una manera sensata. No es posible que creamos en un mundo ideal alrededor de una hoguera, porque ya no existe. El mundo globalizado que habitamos es difícil y necesita de un equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, poniendo por delante que, conservar el medio natural no consiste en maniatar al hombre con normas y sanciones que le impiden protegerse de una naturaleza, que como en millones de años se desborda cuando está al límite.
El más que evidente cambio climático, es un fenómeno que se produce desde hace millones de años, con grandes sequias, glaciaciones, grandes erupciones volcánicas y corrimientos de fallas. Todos lo sabemos y también sabemos que la actividad de los humanos empeora gravemente la situación y se debe controlar, pero no olvidemos que la prioridad ha de ser el ser humano, el primero a proteger.
Es penoso ver campos quemados y abandonados por negligencia y políticas equivocadas que perjudican a agricultores y ganaderos, es indignante ver campos o cauces de ríos y barrancos invadidos de maleza reseca, que arden en verano como teas cuando llegan las altas temperaturas. No se puede soportar por más tiempo las perdidas materiales y humanas, que sufrimos en las diversas catástrofes, que, al margen del debate político, se puede comprobar a posteriori la negligencia que está detrás. No se pueden pedir más esfuerzos a los profesionales encargados de extinguir esos fuegos malditos que acaban con todo, porque están exhaustos.
Desde mis escasos conocimientos en materia de incendios, pero desde el inmenso dolor al ver arrasado mi país, si que pido a nuestros políticos que deben de hacer algo de una vez por todas, con un gran consenso entre ellos, porque el tiempo corre en nuestra contra.




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