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Una nueva Pangea

16 sept
4 min de lectura

Entrevista publicada en El Diario de Teruel


Vivimos tiempos en los que casi a diario ocurren fenómenos naturales que nos sorprenden y alertan. Este verano ha sido además de caluroso al extremo, prodigo en incendios terribles, algunos por la caída de rayos y alimentados por la intensa ola de calor, otros desgraciadamente intencionados. Sucesos trágicos como el ocurrido en Nepal con la enorme avalancha de agua y lodos han causado víctimas mortales, hay erupciones volcánicas inesperadas demasiado frecuentes en un lugar u otro del mundo; terremotos grandes y enjambres sísmicos, con centenares de muertos y afectados que se suman al fenómeno de El Niño, firmemente asentado y cada año presente con mayor intensidad y capacidad destructora, causando importantes cambios en los patrones de temperatura y precipitaciones llenándonos de zozobra, pues provoca inundaciones, sequías y olas de calor extremo con pérdida de vidas humanas y terribles consecuencias sobre poblaciones y economías de todo el planeta. Todo parece moverse últimamente más de lo normal y más deprisa. Parece como si Poseidón, dios responsable de las tempestades y los movimientos destructores, agitara su tridente movido por alguna venganza inconfesable.


Realmente, algo se mueve por debajo de nuestros pies y ruge del mismo modo desde las alturas y ello me lleva a recordar la deriva de los continentes. Recordemos que esta teoría fue propuesta por el científico alemán Alfred Wegener en 1912. Sostenía que los continentes formaban un único bloque conocido como Pangea, rodeado por un gran océano. A lo largo de trescientos millones de años se fue fragmentando, hasta configurar el aspecto que hoy contemplamos en los mapas. Esta teoría fue rechazada en principio y tuvo que ser demostrada más adelante, porque Wegener en realidad no podía hacerlo, aunque estaba seguro del movimiento de los continentes, la explicación se resistía. Lo único que podía probar era la manera curiosa como encajaban África y Sudamérica, o los hallazgos de fósiles idénticos que se encontraron en puntos distintos de uno y otro continente, o las evidencias de antiguos climas como las huellas glaciares en regiones ahora cálidas.


El estudio de los fondos oceánicos permitió desarrollar nuevos conceptos, como la tectónica de placas que condujo a confirmar que efectivamente la superficie terrestre está dividida en placas que entrechocan entre sí y se desplazan muy lentamente. Tan lentamente que hacen falta millones de años para que nuestro planeta, como un puzle inmenso, recoloque de nuevo sus piezas. Y nosotros somos infinitamente pequeños, nuestro tiempo representa bastante menos de un milisegundo en la edad de la Tierra. No somos capaces de percibirlo, a pesar de que ahora nuestra información es mucho más amplia y tenemos una conciencia respetuosa mayor por el lugar que nos acoge.


La ciencia no descansa y las ideas sobre una nueva Pangea futura, se traducen en modelos científicos que intentan prever cómo se unirán de nuevo los continentes dentro de doscientos o trescientos millones de años.


Uno de ellos es la Pangea Última, que surgiría del choque de América con África y Europa, formando un supercontinente similar a la antigua Pangea. Otro modelo se basa en el cierre del océano Ártico con la unión de América con Asia, cerca del Polo Norte. También se propugna una Novopangea, que tendría lugar al desaparecer el océano Pacífico, mientras el Atlántico se expandiría. América chocaría con Asia y Australia se uniría al resto de Asia. O bien sería posible que ambos océanos se cerraran y surgieran otros nuevos, mientras los continentes se agolparían en el Ecuador. Todo ello es posible y los científicos están seguros de ello: surgirá un nuevo supercontinente, pero no pueden predecir cuál será su forma.


Nuestra península Ibérica hace setenta y cinco millones de años, apenas nada en el tiempo del universo, quedaba sumergida casi en su totalidad por la última trasgresión marina, quedando solo emergidos y de manera parcial el macizo Ibérico y el Macizo del Ebro y tras la sedimentación en las plataformas y la orogenia alpina, surgieron las cadenas montañosas Ibérica, Cantábrica, Bética y Pirenaica.


Todo lo que se mueve forma parte de los cambios que se producen, acelerados por la actividad humana, pero desde todo punto de vista, cambios eternos que son la propia esencia del universo. En nuestra corta existencia percibimos los más aparentes, y nos conmovemos por las catástrofes terribles que no podemos controlar, sin pararnos a pensar que somos los inquilinos de un lugar que se rige por leyes mucho más poderosas que las nuestras.


Cambia nuestro entorno y mediante las tecnologías de vanguardia cambia el modo cómo representamos nuestra Tierra. Hace muy poco ha sido aprobado por la Asamblea General de la ONU una nueva representación de los continentes que muestra con mayor fidelidad su tamaño real. Quedan atrás los mapas de Mercator, aprendidos desde la niñez en los colegios. Ahora se muestra el mundo mediante el sistema Equal Earth, basado en proyecciones de área equivalente y nos propone una Europa más pequeña y África más grande, así como Sudamérica.


Los mapas del siglo XVI tan útiles para los navegantes habrán de ser revisados en busca de una representación más fiable del tamaño de los países. Una nueva cartografía nos acercará mucho más al conocimiento de países y continentes que seguirán moviéndose lentamente: chocando las placas, hundiéndose costas, elevándose cordilleras, desapareciendo mares o rompiéndose glaciares, y en millones de años surgirá un nuevo mapa que a buen seguro no haremos nosotros, ni tampoco los seres que pueblen ese lejano mundo.

 
 
 

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