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La eterna disputa por el poder

hace 1 día
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Actualizado: hace 1 hora


Son tiempos convulsos para la política. Se acumulan los problemas en muchos países, se discuten fronteras, se inician conflictos y de una forma o de otra, surgen movimientos políticos que se alejan del concepto de forma de gobierno ideal que consideramos democracia. Un sistema que nos hemos dado para funcionar como sociedad y gobernarnos, siendo la participación de los ciudadanos mediante el voto y la separación de poderes los elementos esenciales de la misma.


Podríamos analizar cómo llegamos a considerar la democracia como el sistema ideal frente a otros regímenes que han llenado páginas de la historia antigua y moderna, intentando resolver problemas similares y responder a las mismas preguntas: quién gobierna, cuál es y de dónde procede dicha autoridad y qué limites se le imponen. Si bien las sociedades son muy distintas, su funcionamiento ofrece similitudes. En los regímenes antiguos encontramos monarquías, aristocracias, oligarquías, tiranías y democracia directa. En nuestros tiempos: monarquía constitucional, república, democracia representativa, regímenes autoritarios y totalitarismos. En cuanto a la participación del individuo, sabemos que era muy limitada en los antiguos regímenes: sin mujeres, ni extranjeros, ni esclavos. Ahora esa participación ciudadana y más en las democracias actuales, es mucho más amplia en todos los órdenes.


La tradición, la religión, el linaje y el derecho de conquista eran fuentes de legitimación, mientras en nuestro tiempo lo son la constitución, la soberanía popular, el sistema de elecciones, determinadas ideologías o el control militar lo que otorga esa legitimidad. Se ha pasado de las ciudades estado, los imperios y antiguos reinos a estados nacionales con instituciones permanentes. Si antaño existía una mezcla de religión y costumbres, ahora son los ordenamientos jurídicos, distintas constituciones y derechos fundamentales los que configuran la organización territorial, pasando del poder personal concentrado en gobernantes y élites al poder institucionalizado. Nuestro modelo idealizado es la democracia ateniense, pero no hay que olvidar que se trataba de una democracia directa y restringida a una minoría, muy distinta a la actual.


Un elemento a tener en cuenta es la burocracia, que siempre importante, era en la antigüedad relativamente reducida salvo en los grandes imperios. En nuestro mundo, los estados se dotan de una administración extensa, de una pluralidad de partidos políticos con grandes organigramas y de una gran cantidad de servicios públicos que exigen un funcionariado.


Vemos que existen puntos de coincidencia: la concentración de poder puede asumirla antes y ahora, una sola persona o unas determinadas élites. Todos necesitan legitimarse y persiguiendo ese deseo cambian sus argumentos a la búsqueda de una justificación que los sostenga en el poder. Las élites siguen ostentando gran protagonismo, bien por su poder económico, social, militar o de comunicación, influenciando en las decisiones de los distintos regímenes. Las leyes, la educación, la propaganda, las recompensas o la fuerza fueron y siguen siendo los factores que ayudan a conservar el poder. Y surgen los riesgos. Es en concentraciones de autoridad excesivas, cuando florecen los intereses particulares viejos y nuevos, que pueden acabar por instaurar regímenes autoritarios. No es baladí observar que se conservan intactos: la lucha por el poder, la formación de élites de una u otra naturaleza y la necesidad imperiosa de legitimación.


Si nos fijamos en el pensamiento de Aristóteles, observamos que solo considera regímenes buenos para lograr el bien común tres: la monarquía, la aristocracia y la república, pero sobre todo la monarquía. Para Aristóteles solo el hombre de mayor virtud es el que debe ostentar el poder, o bien un grupo de hombres de iguales características, cual sería un régimen aristocrático. Considera la república como un sistema en el que el poder recae sobre una multitud, que ejerce la soberanía para regir la vida de los ciudadanos y considera las oligarquías como una desviación del régimen aristocrático; un gobierno de los más ricos sobre una gran mayoría de pobres, en contraposición a lo que piensa de la democracia, a la que presenta como el régimen en el que la mayoría pobre se impone a una minoría rica. Considera las tiranías como una monarquía desviada, si bien el concepto de tirano en su época no es el que tenemos ahora; no estaba ligado intrínsecamente a acciones negativas sobre el pueblo, sino más bien refleja a un monarca acaudalado que busca el bienestar del pueblo, pero controlando todos los resortes del poder. Hoy la tiranía respondería a nuestro concepto de dictadura.

Hemos evolucionado mucho y nuestros planteamientos no son los aristotélicos, estamos situados en las democracias y en el lado opuesto a las tiranías. Pero estas democracias con todos sus defectos, debemos cuidarlas. Los atenienses gozaron de doscientos años de democracia hasta que Alejandro Magno lo cambió todo. Ahora tenemos regímenes híbridos o democracias imperfectas y si nos fijamos en el mundo imperan los autoritarismos y siguen en aumento.


Preservar un sistema como la democracia implica un esfuerzo constante de todos, porque tanto ahora como antes, corre grandes riesgos. Es fácil girar hacia el propio interés de los gobiernos, si se manejan bien los medios a su alcance. Por lo tanto, el esfuerzo debe centrarse en tener unos ciudadanos con criterio para saber elegir a los que van a regir nuestra vida. Se trata en mi opinión, de educar a las generaciones jóvenes en el pensamiento crítico, la lectura, el debate pausado y la capacidad de entender los planteamientos del opuesto.


Porque, aunque los tiranos antiguos gobernaron -algunos con acierto- siempre es preferible un líder elegido por ciudadanos preparados y sometido a su control, que un autócrata ávido de poder.

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